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La herida de la tierra
por Nadia Sol Caramella
"Con amor/ plantar el verbo/ y esperar" escribe Dieg Rodriguez. De eso se trata este poemario, es una semilla que se abre paso en la fisura de la tierra para dejar pasar las formas de un lenguaje deseante. En este libro el poema es imagen, verbo y acción en la quietud. Mientras la humanidad avanza con su sombra de fuego sobre el territorio, los bosques se petrifican, los cielos se tiñen de humo y los pájaros endiablados huyen más allá del horizonte como chispas de lava en la erupción de un volcán. Es que el paisaje se mueve demasiado rápido, con un ritmo artificioso, ahí el poema planta su semilla, hace del lenguaje un páramo, un intento por conservar algo de las llamas.
Hace falta tiempo, trazar un mapa, ubicar el punto difuso del yo humano para abordar la naturaleza amenazada. Como fruto de ese cruce, el poema con sus formas, en la mayoría de las veces de aparición breve, nos advierte sobre los peligros del intento por domesticar a la fuerza lo salvaje o salvarlo a través del sentido poético. Entonces las preguntas se acumulan: " quién le teme a quién?", "¿dónde me encuentro?", "¿cuál es el cuerpo que se estremece?, ¿cuál es la vida que tiembla?", el poema da lugar a la reflexión filosófica, por eso son recurrentes las escenas donde se describe el acto de la meditación: "el instante se consume/abrasa mi existencia/me siento/en las raices de la noche".
Otra vez la pausa, la acción en la inacción.
Para que el encuentro con la naturaleza ocurra, hay que irse, despojarse de ciertos conceptos y habitar la frontera entre lo humano y lo animal. Ahí comienza la vida nómade, en el intento por sobrepasar el deseo de permanencia, en correrse aunque sea simbólicamente de la coordenada impuesta en el mapa de la existencia. La movilidad o la mutabilidad le permite al yo poético dibujar el territorio, conocer sus orillas, sus claroscuros, a la vez que este territorio lo construye como sujeto deseante, reflexivo, observador. Deseante, si, porque el lenguaje es el deseo, la falta, lo inabarcable y sobre todo saberse finito y diminuto frente a la naturaleza y la voracidad extractivista del neoliberalismo actual. La poesía intenta asir algo de todo eso, crear un refugio en el lenguaje.
El verano de las luces nace en el contexto de los incendios producidos en la Comarca Andina, Río Negro-Chubut, durante el 2021. Entre el olor de la carne quemada, árboles petrificados y los ruidos de aviones hidrantes, la poesía de Dieg no puede ser menos que denuncia o, al menos, una advertencia.Se infiere cierta violencia textual, los poemas son cuchillos que intentan herir la lógica de la humanidad como centro, que avanza sin descanso, destruyendo todo cuanto pueda.De fondo, este poemario tiene un compromiso con la ecologia y con la necesidad de reflexionar sobre la relación entre Ixs humanos de hoy y el entorno natural, quizá para seguir indagando en nuevos mecanismos de convivencia. El verso tiene que ser incisivo rasgar la superficie del sentido común para poner las cosas en claro. Y otra vez, una pregunta filosa en un poema vale más que miles de ensayos y papers: "¿habré sido yo?", no queridx poeta, somos todxs.
dieg rodríguez (1992, Argentina) es docente filósofx y poeta.
Me interesa la escritura como un pensamiento desviado, el esbozo de aquellos procesos múltiples que nos tejen y entretejen. La poética como estrategia de improvisación sensible para la imaginación-composición de futuros.
Publicaciones: Labios Púrpura (zindo&gafuri, Bs As, 2016), Cartas al Demonio (Edición de autor, Bs As, 2016), Situaciones (Puntos suspensivos ediciones, Bs As, 2017) y Malir Sal (Modesto Rimba. Bs As, 2018), impermanencia (obra colaborativa, Comarca Andina, 2023). Participación en antologías de Argentina, España y México.
Actualmente se encuentra en proceso de edición el ensayo Machos, Inc. Realizado en el marco de la beca creación del Fondo Nacional de las Artes.
Ficha técnica:
ISBN: 978-987-82515-7-8
Páginas: 66
Año de publicación: 2023
Medidas: 14 x 20 cm
$19.000,00
La herida de la tierra
por Nadia Sol Caramella
"Con amor/ plantar el verbo/ y esperar" escribe Dieg Rodriguez. De eso se trata este poemario, es una semilla que se abre paso en la fisura de la tierra para dejar pasar las formas de un lenguaje deseante. En este libro el poema es imagen, verbo y acción en la quietud. Mientras la humanidad avanza con su sombra de fuego sobre el territorio, los bosques se petrifican, los cielos se tiñen de humo y los pájaros endiablados huyen más allá del horizonte como chispas de lava en la erupción de un volcán. Es que el paisaje se mueve demasiado rápido, con un ritmo artificioso, ahí el poema planta su semilla, hace del lenguaje un páramo, un intento por conservar algo de las llamas.
Hace falta tiempo, trazar un mapa, ubicar el punto difuso del yo humano para abordar la naturaleza amenazada. Como fruto de ese cruce, el poema con sus formas, en la mayoría de las veces de aparición breve, nos advierte sobre los peligros del intento por domesticar a la fuerza lo salvaje o salvarlo a través del sentido poético. Entonces las preguntas se acumulan: " quién le teme a quién?", "¿dónde me encuentro?", "¿cuál es el cuerpo que se estremece?, ¿cuál es la vida que tiembla?", el poema da lugar a la reflexión filosófica, por eso son recurrentes las escenas donde se describe el acto de la meditación: "el instante se consume/abrasa mi existencia/me siento/en las raices de la noche".
Otra vez la pausa, la acción en la inacción.
Para que el encuentro con la naturaleza ocurra, hay que irse, despojarse de ciertos conceptos y habitar la frontera entre lo humano y lo animal. Ahí comienza la vida nómade, en el intento por sobrepasar el deseo de permanencia, en correrse aunque sea simbólicamente de la coordenada impuesta en el mapa de la existencia. La movilidad o la mutabilidad le permite al yo poético dibujar el territorio, conocer sus orillas, sus claroscuros, a la vez que este territorio lo construye como sujeto deseante, reflexivo, observador. Deseante, si, porque el lenguaje es el deseo, la falta, lo inabarcable y sobre todo saberse finito y diminuto frente a la naturaleza y la voracidad extractivista del neoliberalismo actual. La poesía intenta asir algo de todo eso, crear un refugio en el lenguaje.
El verano de las luces nace en el contexto de los incendios producidos en la Comarca Andina, Río Negro-Chubut, durante el 2021. Entre el olor de la carne quemada, árboles petrificados y los ruidos de aviones hidrantes, la poesía de Dieg no puede ser menos que denuncia o, al menos, una advertencia.Se infiere cierta violencia textual, los poemas son cuchillos que intentan herir la lógica de la humanidad como centro, que avanza sin descanso, destruyendo todo cuanto pueda.De fondo, este poemario tiene un compromiso con la ecologia y con la necesidad de reflexionar sobre la relación entre Ixs humanos de hoy y el entorno natural, quizá para seguir indagando en nuevos mecanismos de convivencia. El verso tiene que ser incisivo rasgar la superficie del sentido común para poner las cosas en claro. Y otra vez, una pregunta filosa en un poema vale más que miles de ensayos y papers: "¿habré sido yo?", no queridx poeta, somos todxs.
dieg rodríguez (1992, Argentina) es docente filósofx y poeta.
Me interesa la escritura como un pensamiento desviado, el esbozo de aquellos procesos múltiples que nos tejen y entretejen. La poética como estrategia de improvisación sensible para la imaginación-composición de futuros.
Publicaciones: Labios Púrpura (zindo&gafuri, Bs As, 2016), Cartas al Demonio (Edición de autor, Bs As, 2016), Situaciones (Puntos suspensivos ediciones, Bs As, 2017) y Malir Sal (Modesto Rimba. Bs As, 2018), impermanencia (obra colaborativa, Comarca Andina, 2023). Participación en antologías de Argentina, España y México.
Actualmente se encuentra en proceso de edición el ensayo Machos, Inc. Realizado en el marco de la beca creación del Fondo Nacional de las Artes.
Ficha técnica:
ISBN: 978-987-82515-7-8
Páginas: 66
Año de publicación: 2023
Medidas: 14 x 20 cm